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El crucificado fue encargado por Gaspar Pérez Torquemada para
la capilla que éste poseía en la iglesia de Santa Catalina,
hecho que condicionaría su tamaño, algo inferior al original,
al no estar concebido para ser procesionado. La escritura de
concierto entre Pérez Torquemada y Francisco de Ocampo, fechada
el 5 de noviembre de 1611, estipulaba que la imagen debía seguir
el modelo montañesino del Cristo
de la Clemencia, situado hoy en la Sacristía de los
Cálices de la Catedral (1603), en el que se inspira, y cuya
afinidad estilística reforzaría sin duda su atribución durante
tanto tiempo a la producción de Montañés. No obstante, es una
obra de una sensibilidad distinta a la de su modelo, con un
mayor realismo formal y un patetismo que envuelve toda la obra,
lo que supone una evolución estilística en el realismo de la
imaginería sevillana del primer barroco.
Desde el último tercio del siglo XVII, en que la imagen pasa
a poder de la antigua hermandad de los mulatos de Sevilla -antecedente
de la actual Hermandad del Calvario- el crucificado comienza
a ser procesionado sobre su primer
paso, primero el Miércoles Santo y posteriormente en la
Madrugada del Viernes, sufriendo desde entonces diversos daños
por este motivo. Tras diversas intervenciones ocasionales sobre
la talla, debió ser acometida una primera restauración integral
en 1940 y, posteriormente, en 1987 a causa de los desperfectos
acumulados históricamente que presentaba sobre todo en el hombro
izquierdo, la espalda y en la corona de espinas, ya que fue
una práctica habitual el colocársele antiguamente sobre la misma
una peluca de pelo natural.
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