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En 1909 estrenó el Cristo del Calvario su actual paso, realizado
en madera de caoba . Su coste ascendió a 9.975 pesetas. Fue
diseñado por Francisco Farfán Ramos. La carpintería y la talla
corrió a cargo del maestro Salvador Domínguez Gordillo. Y la
orfebrería fue cincelada y repujada por el platero cordobés
Ángel Cabanes Vázquez. Se remató la obra con unas bombonas de
cristal situada sobre la mesa de las andas, ejecutadas por Manuel
de las Heras.
Posteriormente, en 1913, Antonio Amián incorporó las maniguetas
y el resto de los medallones del paso. Dos años más tarde se
completó el conjunto con dos ángeles ceriferarios del siglo
XVIII reformados por Emilio Pizarro de la Cruz
(ver foto). Hemos de reseñar que este paso fue el primero
que se realizó en madera de caoba encerada sin dorar. De igual
modo con él se inició el uso de los hachones angulares en la
Semana Santa sevillana. Estas innovaciones fueron censuradas,
en un principio por los cofrades locales, pues consideraban
que la luz que proporcionaban a la imagen y al paso eran insuficientes.
Sin embargo, con el transcurrir del tiempo el modelo iniciado
por esta corporación se ha convertido en arquetipo para otras
cofradías locales y foráneas. La originalidad y el buen gusto
de su diseñador son elogiados unánimemente en nuestros días.
En 1922 los ángeles, antes reseñados, fueron sustituidos por
dos jarras repujadas realizadas por el orfebre Manuel Seco Imber,
en la actualidad lucen en el paso de la Virgen.
En 1927 estrenó el paso unos faldones
bordados en técnica de recorte sobre un damasco de seda rojo
grosella. Al igual que el canasto fue diseñado por Francisco
Farfán Ramos. Cada uno de ellos estaba compuesto por un festón
en forma de u invertida y un medallón central. En el interior
de los medallones centrales aparecían pintadas cuatro escenas
de la pasión de Cristo sobre un tisú de plata. Estos fragmentos
eran los que siguen: la calle de la Amargura, Jesús despojado
de sus vestiduras, el Monte Calvario y el traslado al Sepulcro.
La bordadura fue realizada por las hijas del diseñador, Concepción,
Rosario, Carmen y María Luisa Farfán García. La pintura de los
medallones corrió a cargo de la célebre diseñadora de bordados
Herminia Álvarez Udell.
Estos faldones fueron sustituidos por otros lisos en 1960,
y recuperados en la Semana Santa de 1994. En este último año
el taller de sobrinos de Esperanza Elena Caro los bordó de nuevo
siguiendo el diseño de Farfán. Los dibujos centrales fueron
restaurados por Joaquín Sáenz.
Al año siguiente, el 1928, Jorge Ferrer labró los faroles que
actualmente van situados en la planta de las parihuelas, y que
sustituyeron a las bombonas de cristal de 1909. Por estos años
fueron modificados los hachones, y en 1930 se renovaron las
águilas que conforman las esquinas del paso incorporándoles
las garras y picos de plata, obras igualmente de Jorge Ferrer.
El orfebre Cayetano González diseño y labró, en 1960, las actuales
jarras
de plata repujada. Y diez años más tarde, en 1970,
el mismo autor trazó el diseño de las
potencias de oro del Crucificado.
Hemos de reseñar, como anécdota, que el Cristo
de la Clemencia de nuestra Catedral, desfiló en este
paso en la procesión organizada con motivo de las misiones de
1942.
El paso del Santísimo Cristo del Calvario, interpretado como
trono y altar, se enriquece con distintas secuencias de la Kénosis,
dispuestas en argenteas cartelas que reparten por los respiraderos,
canastilla y jarras del mismo, diferentes escenas pasionistas.
Y además se incluyen los evangelistas y apóstoles como narradores
y testigos presenciales de la Pasión. Tan interesante iconografía
culmina con la figura del Crucificado que da auténtico sentido
a toda esta composición Cristocéntrica.
El canasto, realizado en caoba, nos presenta un movido formato
con volúmenes de curvos perfiles en disminución, propio del
gusto neobarroco sevillano. Su decoración de hojarasca es símbolo
de la primavera, y nos habla plásticamente de la regeneración
de las almas a través de las buenas obras. Las esquinas se ennoblecen
con
águilas bicéfalas coronadas, que según San
Jerónimo aluden a la Ascensión y Oración. Por ello, estimamos
que alude al ascenso de las oraciones hacia el Señor, y el descenso
de la gracia sobre los mortales. Estas águilas van coronadas
como atributos de santificación y signo de poder divino.
Sobre la canastilla se dispone la pétrea plataforma del simulacro
del Calvario, en cuyo centro se yergue la cruz entre cuatro
hachones. Los hachones dejan ver en penumbra la imagen del Salvador.
Una triple simbología se suma a su propia funcionalidad: por
una parte, es símbolo de la muerte, por otra expresa la constante
plegaria de la Iglesia; y por último, hace presente a los evangelistas,
pilares de la Fe cristiana.
El
Crucificado estaba flanqueado por dos jarras con
asas en forma de grifos, elementos iconográficos usados desde
la Edad Media en el arte cristiano. Estos grifos son una clara
alusión a la acción salvífica de Nuestro Señor Jesucristo. Estas
jarras han sido sustituidas por otras dos, con decoración neobizantina,
que portan dos hermosas piñas de claveles granates como una
clara manifestación a la fidelidad de Cristo al Padre.
El monte Calvario se rodea de una orla de lirios morados que
insiste en la imagen de Cristo penitente y maltratado para redimir
al mundo. El total resultante queda presidido -como apuntamos
líneas atrás- por la espléndida talla del Cristo del Calvario.
El crucificado se fija al madero con tres clavos. La cruz arbórea
está interpretada como patíbulo de martirio. La escultura, de
canon lisípeo, es una acertada representación de Cristo muerto.
Sus caderas se recubren pudorosamente con un movido paño de
pureza. Según los apócrifos, fue la Virgen María quien ocultó
con su toca la desnudez de su Divino Hijo.
La cabeza del Redentor se inclina suavemente hacia la derecha
sobre el tórax. Una amplia corona de espinas fija su cabellera,
como emblema de sufrimiento, tribulación y pecado. Según Santo
Tomás de Aquino las ramas recuerdan los pecados veniales y los
arbustos los mortales. La corona de espinas parodia las corona
de rosas de los emperadores romanos.
Una señal inequívoca de la divinidad de Jesús son las tres
potencias que resplandecen sobre su testa. Las potencias, derivadas
del nimbo crucífero, significan en la humanidad deshecha de
Cristo la plenitud de gracia, de ciencia y de potencia.
En lo más alto, coronando la cruz, campea el INRI, cuyo texto
original, según comenta San Juan, estuvo escrito en hebreo,
griego y latín. La leyenda reza así: "JESUS NAZARENUS REX IUDAEORUM"
(Jesús de Nazaret Rey de los judíos). Estas siglas que recogen
el título de Jesús como Rey, proclaman su omnipotencia divina,
y su victoria sobre la muerte, a la vez que preludian la Resurrección.
Indican, pues, simultáneamente a un Cristo humillado y exaltado
sobra la cruz.
Tras el incendio del manto, en 1915, el paso de la Virgen de
la Presentación fue totalmente reformado. El 17 de abril de
dicho año se aprobó en Cabildo de Oficiales la realización de
un palio, un manto y unos faldones para la titular de la hermandad.
Todas las obras fueron encargadas al afamado bordador Juan Manuel
Rodríguez Ojeda.
El palio tiene forma de cajón y fue bordado en oro sobre terciopelo
granate. Los bordados del manto de terciopelo azul tienen una
estructura simétrica bilateral. Para la concepción de ambas
piezas Rodríguez Ojeda se inspiró en los modelos de los bordados
sevillanos del siglo XVII.
El Viernes Santo del siguiente año, el 21 de abril de 1916,
se estrenaron las tres piezas coincidiendo con el traslado de
la hermandad desde la iglesia de San Gregorio a su actual sede
en la parroquial de Santa María Magdalena. El palio señala la
singularidad de la estética de su autor. La sobriedad de las
líneas, la armonía del diseño y la perfección del bordado obtienen
uno de los modelos más señeros de su etapa de esplendor comprendida
entre 1900 y 1917.
En el año 1961 fue restaurado y pasado a nuevo terciopelo granate,
además se bordaron con nuevos hilos metálicos las mallas de
las caídas, alterando su estado primitivo. Estas labores se
efectuaron en el taller de Carrasquilla. Entre los años 1990
y 1992 se volvieron a trasladar a nuevo terciopelo y malla los
bordados del palio. Estos trabajos fueron realizados en el taller
de José Manuel Elena. Este obrador recibió por dicha restauración
el premio Demófilo, que otorga la fundación Machado.
El
manto presenta una estructura simétrica bilateral
que surge de un núcleo central y radial. En el año 1954 fue
transformado y enriquecido por Cayetano González que, por aquellos
años, diseñaba algunas piezas de orfebrería para la hermandad.
Su intervención en la prenda fue considerable, pues varió la
distribución de los bordados alterando y agregando algunos componentes
decorativos. Estos cambios, al igual que el pasado a nuevo terciopelo,
fueron llevado a efecto en el taller de Guillermo Carrasquilla
Rodríguez, sobrino de Rodríguez Ojeda. En 1996, se volvió a
restaurar en el taller de José Ramón Paleteiro Bellerín.
Siguiendo la línea de enriquecimiento del paso, en 1930, se
estrenaron los candelabros de cola, la peana, las jarras y la
candelería del paso. Estas piezas fueron elaboradas por el orfebre
local Jorge Ferrer. Cinco años más tarde, en la Semana Santa
de 1935 lució la Virgen su actual corona
realizada por la joyería Valdés.
En 1951, estrenó la Virgen una nueva saya
diseñada por Cayetano González. Los bordados fueron realizados
en el taller de Carrasquilla. La prenda sigue la estética del
manto realizado en 1916 por Juan Manuel Rodríguez Ojeda.
Siete años después, en 1958, se bordaron en el taller de Carrasquilla
los respiraderos actuales, siguiendo las trazas de un diseño
de Cayetano González. Todos los dibujos de los bordados son
distintos en cada una de las mallas que componen los respiraderos.
Al siguiente año se estrenó el varal igualmente obra de Cayetano
González.
Para completar el espléndido conjunto del paso de palio fue
labrada en plata, en 1993, una imagen que representa la Inmaculada
Concepción. Fue concebida para la delantera del paso
y se realizó en los talleres de los hermanos Delgado. Como colofón,
en 199?, estrenó nuestra titular un puñal de oro diseñado y
realizado por Fernando Marmolejo.
El paso de palio de Nuestra Señora de la Presentación es trono
de realeza por ser María, Madre de Dios. Los respiraderos están
trabajados en plata cincelada y repujada. El motivo central
del frontal
del paso palio, concebido a modo de tríptico, ostenta
el escudo de la hermandad entre dos ángeles tenantes. El emblema
de la corporación nazarena se compone de tres cruces sobre el
monte Calvario y los anagramas de Jesús y María. Flanquean dicha
heráldica las representaciones de Judit y Esther. Judit que
mata a Holofernes, aparece como vencedora del pecado y por tanto,
alude a la Inmaculada Concepción. Y Esther al colaborar a la
salvación del pueblo judío es prefiguración de María, que al
engendrar a Cristo propicia la salvación del género humano.
Los respiraderos se enriquecen con catorce aplicaciones bordadas
en oro, a base de flores que aluden a las virtudes marianas.
Las rosas, símbolos de perfección, manifiestan la belleza física
y espiritual de la Virgen como Madre del Altísimo. Los tulipanes
significan nobleza, pureza y santidad. Los lirios insisten en
la pureza que María conservó entre los pecados del mundo ("Yo
soy la flor del campo y el lirio de los valles" Cant. De los
Cant. 2,1).Las azucenas abundan en el significado de la virginidad.
Y los jazmines blancos aluden a la gracia, elegancia y amabilidad.
Las andas del paso se cubren con faldones de terciopelo granate,
color que simboliza la sangre, el sacrificio y el amor. Entre
los romanos, esta tonalidad se asociaba con el poder soberano.
Sobre la plataforma del paso se yerguen doce varales, seis
por cada flanco, trabajados en plata de ley. Por su propia función
sustentante pueden asociarse al Sagrado Colegio Apostólico.
El palio, prenda litúrgica propia del culto de latría, se aplica
por extensión a la Virgen por ser Madre del Salvador (Kyriotissa).
El palio bordado en oro sobre terciopelo granate armoniza con
la saya de Nuestra Señora de la Presentación y con los faldones
del paso, ya reseñados.
Ante la Virgen se instala la candelería, los candeleros se
colocan escalonados. Todo ese alud de cera incandescente encierra
una especial significación. Nos recuerda el pasaje evangélico
de éxodo que habla de la zarza que estaba ardiendo y no se consumía.
En consecuencia, María aparece glorificada por esa luz que es
signo de la presencia salvífica de Dios. (Ex.17)
Las jarras, por su propio sentido de continente, aluden al
mundo femenino. Contiene bouquet de claveles blancos, símbolos
de la fidelidad de María. Y los candelabros de cola semejan
unos tallos vegetales ondulados y cimbreantes que brotan de
un tronco común. Los candelabros de cola son símbolos de luz
espiritual y de salvación.
En el centro de las andas, bajo palio, procesiona la bellísima
imagen de Nuestra
Señora de la Presentación. La Virgen se yergue sobre
elegante peana plateada, concebida a modo de regio escabel.
La Señora, vestida de reina, luce espléndida saya roja bordada
en oro, color que usa por ser Madre del Amor Hermoso. El tocado
versión sevillana del schebisim que utilizaban las mujeres de
nazaret, está elaborado a base de un velo de tul blanco. Por
último, se cubre con amplio manto de terciopelo azul magníficamente
bordado en oro. Tan sugestivo manto es una pervivencia del manto
de misericordia medieval. El color azul simboliza el cielo y
el amor celestial, color de la verdad y tono mariano por excelencia.
Sobre su cabeza luce una esplendente corona de plata dorada
que alude a la realeza de María.
El puñal clavado en el corazón de María es una alusión pasionista.
Recuerda la profecía el anciano Simeón: "Una espada te atravesará
el alma" (Lc.2,33). Y un detalle quizás inadvertido en la indumentaria
de María es el pañuelo con que enjuga sus lágrimas. Este pañuelo
es la expresión paralela de la patena en que el sacerdote presenta
la ofrenda del Divino Sacrificio. De esta forma María está interpretada
como Virgen oferente durante toda la pasión.
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